“Ya no tienes excusa para caerte”

“Ya no tienes excusa para caerte”

CATALÀ

Es lo que me dijo Carlos hace dos domingos en vista de los progresos que íbamos haciendo. Yo, por supuesto, no lo veía así de claro. Además, en más de una ocasión hemos escuchado ―de él mismo y de más de algún otro asiduo al canal― un “quien nunca ha caído no es un verdadero piragüista…” o algo por el estilo. Por lo tanto, si estamos aquí aspirando a esto último, cierta contradicción había entre una cosa y la otra.

Desde que empezamos a subir a las piraguas el principal temor ha sido siempre el de volcar. Pisamos el canal por primera vez hace algo más de un mes y el recuerdo del agua glacial de aquella ventosa y fría tarde de inicios de febrero junto con el coraje de un Pedro que, todo mojado, tiritando y a punto de hipotermia, volvía a subir una y otra vez a su kayak, forman una imagen difícil de borrar.

Entonces, ciertamente no quieres volcar. Simplemente no quieres que eso pase y cuando por un instante pierdes el equilibrio, empiezas a hacer todo tipo de contorsiones con los pies, piernas, tronco, brazos, cuello y cabeza para contrarrestar aquel vaivén amenazante y evitar así la tragedia. Hasta ahora, no hay jornada de kayak en la cual no cuente un buen puñado de estos malabares para continuar seco hasta el final del entrenamiento.

Pero, por diferentes motivos, este temor inicial ha ido perdiendo fuerza (sólo el temor, digo, no las probabilidades de acabar bajo la piragua).

Por un lado, a medida que sumas horas sobre el kayak es innegable que un poco de movediza y traicionera confianza vas ganando y, a ratos, te parece que el kayak ya nunca volcará. Al mismo tiempo, por eso, también empiezas a arriesgar más a la hora de hacer todo el conjunto de movimientos implicados en cada palada y tú mismo eres quien aumenta las probabilidades de acabar volcando. Por lo tanto, simplemente terminas aceptando este riesgo como parte del juego y dejas de verlo como una amenaza tremendamente grave (dicho sea, que, en este sentido, un invierno que ya hace retirada y un sol que pica cada vez más fuerte la superficie del canal juegan un papel importante: la temperatura del agua definitivamente no es la de un mes atrás y esto, quieras que no, tranquiliza).

Por otro lado, cuando ya hace más de una hora que estás remando y vas completamente acalorado y sediento dentro de un barco que se te ha hecho agobiantemente incómodo y pequeño, el pensamiento que te invade es un tipo de: “Bien, por hoy ya he hecho suficiente, si caigo ahora tampoco estaría tan mal, ¿no?” (en realidad es un: “¡Buf! ¡Qué ganas de hacer un baño súper refrescante que tengo!” pero si vas en de una piragua de la cual hace rato que quieres bajar, por algún motivo esto acaba dibujándose como un deseo veraniego de, simplemente, dejarse caer al agua como si fueras irresistiblemente atraído por los traviesos brillos dorados que aquel manto azul que te rodea proyecta directo a tus ojos).

No puedo negar tampoco, cierta fascinación y curiosidad por la habilidad y técnica que Pedro había ido desarrollando para salir airoso cada vez que lo hemos visto caer del kayak (y, me sabe mal decirlo, pero no son pocas). En el mismo instante que lo ves sacando la cabeza de debajo del agua ya está girando la piragua para ponerla boca arriba para que no continúe llenándose de agua. Después, lo ves nadar hasta la orilla más cercana empujando el kayak desde atrás (y sin olvidarse de poner el remo dentro de para no tener que volver nadando a por él pasado el estrés del momento). Finalmente, ves como vacía, a solas, el agua ―que no es poca― acumulada dentro de su barco. Para hacerse una idea, el procedimiento es el siguiente: empujando fuerte con los dos brazos tienes que sumergir la proa del kayak para que toda el agua venga hacia aquí. Una vez lo tienes, con un movimiento rápido y coordinado, tienes que levantar el kayak por la misma punta un buen metro por sobre el agua a la vez que lo giras boca abajo para que el agua vuelva atrás y salga por donde tú te sientas. Repitiendo esto tres o cuatro veces, Pedro ya lo tiene hecho y puede volver a montar. Ahora, para entonces lo ves completamente empapado, temblando de frío y con una mirada perdida en el horizonte que indudablemente te hacen saber que sus ganas de volver a subir inmediatamente al kayak están por el suelo.

Misma mirada que, con toda seguridad, tenía yo el sábado pasado.

Con ráfagas de más de 32 km/h la agitación del agua no era, por decirlo así, seductora. De fondo, los acelerados e incesantes chasquidos de las drizas repicando como látigos las más de 30 astas de bandera que coronan el canal, aportaban una tensa melodía al cuadro. El viento soplaba con más intensidad de la habitual y, esta vez, venía directo desde el sur, es decir, en la misma dirección longitudinal del canal generando unas olas transversales que recorrían toda su longitud para acumularse en forma de espuma blanca al extremo opuesto (cerca de donde está el muelle de salida). Aún así, en el agua había movimiento y, en general, parecía que a nadie le importase cuan movido estaba el terreno.

Guayas fue el primero en subir a la piragua y pudo sortear la situación con gran clase. Yo no puedo decir lo mismo.

¡Sí! El sábado cumplía ya mi octava sesión de entreno y, por primera vez, caí de nuestras blancas strudel. No sólo una vez, sino, tres. La primera, en el kilómetro cero, es decir, sólo al salir del muelle. La segunda, antes del kilómetro dos y la tercera, exactamente en el mismo giro unos 5 km más tarde.

Cuando caes la primera vez y decides volver a subir en la piragua todo mojado, ya está, sabes que ahora volver a caer será más fácil. Y así fue. La regla “no hay primera sin segunda ni segunda sin tercera” que Guayas tuvo la gentileza de recitar, se cumplió con rigor científico. La tercera caída, la más dura, bien lejos del muelle y ahora, además, con la presencia de Carlos como espectador. “¡Reprobado!” me dijo mientras yo lo miraba desde un plano contrapicado ―aún con el agua hasta la nariz― al llegar nadando y empujando mi kayak hasta el muelle.

Eso sí, con cada caída fui depurando la técnica de rescate y vaciado de la piragua así como, y más importante todavía, la de una rápida reconstrucción de la moral y ganas de volver a montar. Todo esto, con la imagen bien alta de Pedro como ejemplo.

Finalmente, caer, era una cuestión de tiempo y, en cierto modo, de un extraño deseo interno que ello pasara. Era como si lo hubiese estado esperando y ahora que ya estaba hecho me sacaba un peso ―y unos buenos cuantos litros― de encima.


De los aprendizajes de la jornada del sábado no tengo fotos pero os dejo unas de hace cuatro domingos. Del 18 de febrero.

05
¡Venga Pedro, que ya somos dos! (bien, en realidad, yo ya cuento tres).
06
Así es cómo Carlos nos da una mano muy bienvenida.
01
Así es como después se asegura de que hacemos todo correctamente.
03
Y así de atento es como me observaba cuando caí este sábado. Sin presión.
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3 thoughts on ““Ya no tienes excusa para caerte”

  1. “quien nunca ha caído no es un verdadero piragüista…” es como decir “la experiencia es la madre de la ciencia”… y naturalmente las experiencias son propias e individuales
    muchos te las pueden contar, pero solo viviendolas logras expertise.
    Un abrazo fuerte… ya has comenzado a ser un piragüista.
    Cariños Lolo / Pablo

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