Probabilidades, sincronismo y sincronicidad

Probabilidades, sincronismo y sincronicidad

CATALÀ

Sales de casa a las 17:14 h. Sabes que es tarde y que tú prefieres las mañanas pero no quieres esperar hasta el día siguiente. Quieres ir igualmente. Al salir, revisas los horarios en el móvil: el tren pasa por Sants a las 17:36 h y llega a Castelldefels a las 17:55 h. Haces cálculos y estimas que a las 20:00 h habrás acabado. Haces el recorrido hasta la estación en bici. Ahora ya estás en el tren en movimiento. Es de los que tienen dos pisos. Acomodas la bici intentando que no obstruya las salidas y tú te sientas en las escaleras. En el móvil vas leyendo un PDF que tarda en cargar. Cuando de reojo lo ves pasar delante tuyo no levantas la cabeza pero sabes que es él.

Lo sabes porque continúa igual de acelerado y diciendo cosas al aire. Quiere llamar la atención. Vuelve a pasar delante tuyo una segunda vez. Quiere interactuar. Le tomas atención pero la justa. Te pregunta por los lavabos y le dices que no sabes, que seguramente están en el otro vagón. Marcha. Vuelve. Quiere hablar. Está visiblemente alterado y no te queda otra: acabas dedicándole toda tu atención. Su actitud de entrada es agresiva. Te habla fuerte y te mira fijamente. Te dice que si tienes un problema con él que se lo digas que lo podéis arreglar en el mismo momento. Le dices que no, que no tienes ningún problema con él. Le dices que tienes que estudiar y vuelves a la pantalla del móvil. Él te dice que también tiene que estudiar pero que tú más que él porque eres más huevón que él. Hasta ese momento no habías reparado en su acento. Afinas el oído pero es bastante neutro y no sabes de dónde es. A ti te parecía que era de aquí pero este huevón a una “v” bien marcada te hace pensar. Te pide un euro, le dices que no tienes. Vuelve a marchar y tú vuelves al PDF.

Vuelve a ti. Ahora quiere venderte una T-10 de 2 zonas nueva por 5 euros. Le dices que no la necesitas. Te pregunta si sabes cuando vale esto y le dices que 20 con 10 porque lo puedes leer en el mismo ticket que te está enseñando bien cerca de la cara. Le dices que no, gracias, que no te hace falta. Marcha gritando y enseñando el ticket para encontrar otro comprador.

Vuelve. Ahora te pide disculpas. Te dice que desde que os habéis cruzado en el andén de la estación de Sants se pensaba que te estabas riendo de él. Le dices que no, que no pasa nada y añades que ciertamente no habías visto ni sabías quién era la persona que había salido corriendo por la cual te había preguntado allá mientras esperabas el tren. Insiste con sus disculpas. Quiere que sepas que son de verdad. Estrecha tu mano. Lo hace fuerte. Te da un abrazo. Te habla de cerca. Te mira a los ojos. Te pone a prueba.

Ahora, se apoya contra la puerta y se fija en la bici. Te dice que es buena. Que son caras. Intenta acertar el precio. Le dices que menos. Te pregunta si es de carbono o aluminio. Le mientes, le dices que de aluminio. Te explica que un amigo suyo se compró una carbono. Dice un precio que le parece exorbitante pero después rectifica y dice un precio que le parece más sensato. Le dices que sí, que quizás, que por Wallapop se pueden encontrar buenas ofertas. Él está de acuerdo pero repara en que tienes que ir con ojo si no quiere que te engañen.

La siguiente estación es la suya. Ves que no ha podido vender el ticket por 5 euros porque aún lo lleva en la mano. Antes de bajar vuelve a ti. Se inclina para quedar a tu altura que estás sentado en las escaleras y acerca su cara a la tuya. Te coge con un brazo por detrás del cuello. Te dice que eres buena persona. Lo repite dos o tres veces. Que eres buena persona porque nadie más le pone atención, que los otros no le hablan o que se alejan corriendo como aquel en Sants. Te dice que él sólo vale para ir a la cárcel pero que tú, que tú eres buena persona. Vuelve a estrecharte la mano. Vuelve a darte un abrazo y vuelve a clavar sus ojos en los tuyos con una mirada que te atraviesa. Unos ojos redondos, pequeños y oscuros que flotan perdidos dentro de unas órbitas bien marcadas y una cara chupada. Baja.

No piensas mucho. La verdad, quieres volver al PDF y acabar la lectura antes de llegar. El tren se pone en marcha.

Al momento, una nueva estación. Te levantas y mueves la bici para agilizar el paso de una familia con un coche de guagua. No tienes un buen ángulo pero lo que ves fuera no lo reconoces como tu parada. Tampoco te esfuerzas mucho, es sólo la segunda o tercera vez que el tren se detiene y hasta Castelldefels son unas cuántas paradas. Te quedas en el tren. Apoyas la bici contra una de las puertas y subes a la segunda planta. Te sientas donde estaba la familia del cochecito. Vuelves al PDF.

Al rato, una pareja aparece al rellano cerca la puerta preparándose para bajar en la próxima estación. Desde la distancia de tu asiento les haces unas señales con el dedo para intentar averiguar si en la siguiente parada las puertas se abrirán por la izquierda o la derecha. Quieres saber si tienes que mover la bici o no. Son turistas. Por la expresión de su cara sabes que no han entendido tu mímica. De hecho, parece que te han malentendido y, por alguna razón, presionan un botón que hay junto a la puerta. Al instante, se dan cuenta que han hecho algo que no tocaba. Parece como si la puerta hubiera perdido la presión del aire del sistema de cierre. Ahora va cómo medio suelta y con la velocidad del tren hace un ruido y una vibración que antes no. Das por hecho que con el tren en marcha es imposible que se abra pero por si acaso te acercas a la bici. Vuelves a sentarte en la escalera y ahora la llevas agarrada. Aquí estás cuando de repente ves el mar a través del cristal. En el mismo segundo lo tienes claro: te has pasado. A toda velocidad, ahora ves como, sin detenerse, el tren deja atrás un letrero de estación que dice “Garraf”. Te das cuenta que este es un tren exprés de esos que no para a todas las estaciones. No queda otra, tu parada era de la del coche de guagua. Ahora estás cruzando unos túneles. Ya sabes donde parará. A las 18.10 h llegas a Sitges, 15 km, dos pueblos y tres estaciones más allá que la tuya.

Cambias de andén. Seis minutos para el próximo tren. Suficiente para que la idea de volver directo en Barcelona presente seriamente sus argumentos.

Finalmente, acabas saliendo del agua 10 minutos para las 21.00 h. Hace más de media hora que el sol se ha puesto. Como no mires el cielo hacia el oeste, la noche ya es bastante oscura y la superficie del canal negra. El movimiento del agua alarga y distorsiona los reflejos de las luces de los alrededores. Tú no habrías continuado de no saber que Pedro y Guayas ya habían salido del agua de noche cerrada en alguna oportunidad. Al llegar al muelle paras la app que registra tu recorrido. Por un poco has conseguido distanciarte de los 6,6 km/h de media que venías haciendo en los 10 km. Esta vez has rascado 200 metros más por hora. 11,8 km en una hora y 43 minutos. 6,8 km/h. No has caído. No te has acalambrado. No te han entrado ganas de ir al baño. No te has aburrido. Si hubiese luz, habrías continuado.

En la oscuridad, devuelves la canoa a su hangar que ahora te parece tétrico. Afuera, un perro ladra al sentir tu trajín. Tienes parte de la ropa mojada y tienes frío pero haces todo con calma. Hace rato ya que todo lo que tenías planeado se ha ido dilatando en el tiempo. Te vas a las duchas.

Deshaces en bici el camino del canal hasta la estación. Llega el tren. Te apresuras para entrar a un vagón pero ves que dentro ya hay un ciclista en aquella puerta. De prisa, corres con la bicicleta al siguiente carro. Subes de un brinco. Pones cara de sorpresa. Sentado en el asiento más cercano a la puerta te encuentras a un compañero de universidad. La alegría es compartida. Junto con su novia, regresan a Barcelona de un improvisado domingo de playa en Sitges. La última vez que os habéis visto fue en octubre del año pasado y desde año nuevo que intercambiáis infructuosos whatsapps para quedar. Tres meses y hasta ahora no habéis podido coincidir. En alguna oportunidad, Pedro te ha explicado que estos encuentros son simplemente cuestión de probabilidades, nada más. El viaje de regreso es distraído. Los tres bajáis a Sants. Al despediros, os volvéis a prometer de quedar.

Llegas a casa a las 22.25 h. Tienes hambre. Cocinas. Cuando por fin has acabado de cenar se te cruza por la cabeza la pregunta que Pedro te hizo dos sábados atrás cuando fuisteis al canal a pesar de la lluvia y el frío de aquella tarde: “¿Crees que valió la pena haber venido?” La respuesta es la misma: “Sí.”

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Incluso los patos hacían huelga esa tarde: En el canal con lluvia el sábado 24 de marzo (cuatro entrenamientos atrás).
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Últimamente, de los tres, quien tira del carro está claro que es Pedro.
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