35 milímetros

35 milímetros

CATALÀ

El siguiente es un conjunto de instantáneas que tomé durante el viaje pero que hasta ahora no había llevado a revelar. Muchas de ellas sólo estaban a la espera de clicar “Publish”, a otras les he tenido que retocar un poco el color y a un par de negativos se le tenía que ajustar un poco la nitidez antes de sacarlos del block de notas del móvil (aún así, algunos todavía están desenfocadas).

Y bueno, antes de que el carrete se quedara olvidado en la estantería de la puerta de la nevera, he preferido llevarlo a revelar.

Enviar un correo y esperar a ver que pasa

Llegamos 9 minutos antes de las 17:00 h después de dejar atrás Toulouse y 17 km de otra carretera de la muerte (esta vez, la D820 o la Route de Paris). El GPS nos llevó directo a nuestro destino. Ponía “Hôtel de Ville” en letras bien grandes y estaba junto a la iglesia, tal como ya me lo había avanzado Sonia exactamente una semana antes cuando recibí su respuesta en Barcelona:

Hello,
We confirm you that it is with pleasure that we avous shall welcome on the municipality August 1st at 5:00 pm. We make an appointment with you in the city hall (next to the church), where Mister GURY will receive you.
Cordially.
Madame Sonia SONNET
Mairie de SAINT-JORY

Después de beber las tres gotas de agua que nos quedaban en los botellines, recuperar un poco el aire y sacarnos el sudor de la cara, con Pedro decidimos entrar. Eran las 17:00 h en punto. Al vernos cruzar por el portal noté como si cierto nerviosismo agitara el aire, como si un “Ils sont ici ! Ils sont arrivés !” perturbara la actividad de quienes estaban en la recepción. Era evidente que sabían quienes éramos y era claro que nos estaban esperando. Haciendo gala de nuestros, entonces famélicos, dotes de francés pedimos por “monsieur Franck Gury, s’il vous plaît”. Cinco minutos después y con cara de verano, un sonriente Franck nos daba la bienvenida oficial a la ville de Saint-Jory (resultó, nada más y nada menos, que él era la mano derecha del alcalde y segunda persona a cargo, por lo tanto, el honor era nuestro).

Un paseo por el pueblo más tarde, Franck y su hija –que se nos unió para hacer de intérprete inglés-francés– se despedían de nosotros y nos dejaban instalados completamente en nuestro aire en el Stade municipal de Saint-Jory. No podíamos pedir más: Teníamos césped de primera donde plantar las carpas, enchufes y los vestuarios y duchas del campo de fútbol abiertas para nosotros. La situación no dejaba de sorprenderme, nos dejaban pasar la noche en las instalaciones deportivas del pueblo con total confianza y para ellos no éramos más que tres desconocidos de camino en Irlanda que apenas podíamos intercambiar cuatro frases en su idioma.

Y todo, por enviar un correo y esperar a ver lo que pasa. Voilà !

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(Tranquilos, ellos no vieron el campamento que se les montamos)

Dicho sea que de los 7 ayuntamientos de España y Francia a los que escribimos explicándoles nuestra ruta y preguntándoles por la posibilidad de pasar la noche en el pueblo, el único que nos dio respuesta –y positiva además– fue el ayuntamiento de Saint-Jory. Todos nuestros agradecimientos para ellos.

¡A la mesa!

Llevamos ya unos cuantos días y es como si el viaje se hubiera transformado en una gincana en la cual el único objetivo es descubrir la próxima casa donde dormiremos. Lo que sucede entre medio –es decir, el día entero y las pruebas que hemos tenido que superar durante los 100 km de recorrido de cada jornada– ni lo vemos pasar. Nos levantamos temprano, plegamos la carpa, desayunamos, nos despedimos y partimos. Es uno no parar y es cansado. Arriba de la bici parece que todo el que nos mueve a seguir es justamente eso, no llegar tarde y descubrir rápido el mundo íntimo que nos esconde la siguiente parada del calendario y que se nos abre como si fuéramos uno más de la familia (mejor dicho, tres más). Pero para cuando lo hemos conseguido y llegamos, estamos cansados y lo único que queremos es comer, lavar ropa, plantar tienda y dormir. Y no podemos. Somos esperados invitados en casa de desconocidos anfitriones que nos reciben desinteresadamente, que se han preocupado, que cocinan y ponen la mesa para nosotros. Que quieren escuchar nuestras historias y explicar las suyas. Gente abierta que quiere compartir. Aceptar la invitación a sentarnos no nos cuesta nada, mantener el tipo en la mesa, un poquito (y más). Y mañana repetimos. Todo junto es bastante intenso.

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Parada técnica

Cuanto más espacio y más lento, mejor

Mientras voy por la carretera hay una duda reccurrente que siento venir y que pasa por nuestro lado como si nada, y es: ¿Cómo cada conductora o conductor determina los metros que considera prudente dejar de margen de seguridad a los ciclistas que avanza?.

Hay de todo: Unos te dejan más del metro y medio reglamentario, otros te dejan apenas una braza. Unos reducen la velocidad, otros aceleran. Los más iluminados incluso, son los que viniendo en sentido contrario deciden avanzar al auto que tienen delante justo cuando se cruzan con nosotros. Entonces, si todavía no os lo habíais preguntado, aquí una pista: Cuanto más espacio dejéis al o los ciclistas que queréis avanzar y cuanto más reduzcáis vuestra velocidad, mejor. Y aquí no hay medias tintas. Tal como si se tratara de un coche, los conductores que dan más seguridad son los que invaden completamente el carril contrario al momento de avanzarnos. Y si a esto el conductor o conductora además reduce su velocidad, ya, mejor que mejor.

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Bienvenue dans le Sud ! (km 34 del tercer día / km 518 de la Route Nationale 9)

Sabed que, en España al menos y en carretera, no hay que esperar línea discontinua para avanzar a un grupo de ciclistas que circula por la carretera, está permitido invadir el carril contrario con línea continúa siempre que tengáis la visibilidad necesaria para saber que no viene ningún auto por la pista contraria.

El domingo está todo cerrado y lunes nadie trabaja

Dos días atrás (un lunes cualquier por la mañana, ¡un lunes!) participamos de una particular gincana (vaya, de otra): No encontrábamos ninguna boulangerie abierta. Y no hablo de estar dando vueltas por la ciudad un par de cuadras hasta encontrar la siguiente. No. Hablo de kilómetros de distancia entre una y otra. Era una gincana donde la promesa de encontrar una baguette para nuestro deseado deuxième petit-déjeuner siempre estaba en el próximo pueblo.

La gracia que le encontré al juego por eso, estaba en los paisajes. Cruzábamos una parte de Francia donde todo son suaves colinas (suaves si vas en coche, claro) y cada vez que quedabas en la cima de una, veías la ojiva de la iglesia que indicaba a la distancia la ubicación del próximo pueblo. Allá era justamente donde caía la posibilidad de la baguette prometida. Pero es eso, en Francia parece que el domingo está todo cerrado (como pudimos constatar) y que los lunes nadie trabaja. Petit village tras petit village, todas tenían su boulangerie con un très sympa cartelito que rezaba “Fermé” y el cual nos obligaba a seguir participando hasta la próxima ojiva en el horizonte. Cada pedaleada extra no hacía más que ampliar el agujero que teníamos en la guata ya condicionada a morder una baguette a media mañana. Finalmente y creo que después de seis o siete pueblos lo conseguimos: Una boulangerie abierta y una baguette bien atada al porta-equipajes de la bici (entre otras delicatessens que todo el mundo sabe se pueden encontrar en una boulangerie). Eran pasadas las 13:00 h creo. Arrasamos deprisa con ella a tan sólo unos metros de la panadería donde la compramos. Al acabar, y para asegurar el tiro antes de ponernos en marcha otra vez, quisimos pasar a por otra baguette. Esta vez el cartel ponía: “Rouverte à 15:00 h”.

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En Francia en bici no somos los únicos ni mucho menos los mayores ni los más cargados

A 100 km de la costa

A medida que subíamos por el mapa de Francia los campos de girasoles y trigo literalmente sin fin que nos rodeaban desde bien al sur, empezaron tímidamente a darle paso a prados sin plantar donde paseaban tranquilas y ajenas a nuestro esfuerzo las primeras vacas del camino. Poco a poco y cada vez más al norte las vacas iban ganando terreno como sí de un juego de fuerzas se tratase. Del mismo modo, también cambiaban los pueblos: Los pequeños y concentrados poblados del sur ahora daban paso a nucleos urbanos más dispersos al norte. Siempre por eso, con un casco antiguo igual de bonito y estrecho por el cual una calle principal nos llevaba directo a la plaza donde se alza la iglesia del pueblo, las cuales, cuanto más subíamos hacia el norte, más altura y aires de catedral iban cogiendo. Al mismo tiempo, empezaron a llegar paisajes más verdes y boscosos y con ellos la necesidad de más abrigo porque el cielo ya no era azul y ahora las nubes y las primeras lluvias comenzaban a tomar protagonismo. El último aviso de que ya habíamos pedaleado lo necesario como para sabernos en otra región geográfica llegó a unos 100 km de la costa: En el cielo y en medio del campo nos acompañaban las primeras gaviotas. La Bretaña, Saint Malo y el ferry estaban a tocar.

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¡Château de Combourg a la vista!

No hay agujetas.
Cansancio, sueño y viento en contra, sí

En comparación, la butaca del ferry que ahora nos lleva al Reino Unido parece comodísima. Durante estos primeros 10 días sobre el sillín de la bici ha habido de todo: Jornadas enteras en las cuales parece que puedes pedalear y pedalear sin que los músculos sufran ni siquiera un poco, pero también días donde los muslos queman desde primera hora de la mañana como si ya llevases toda una jornada dándoles trabajo. No sé como el cerebro graba unos y otros, pero de los primeros –seguramente porque todo fluye fácil y más distraído– te acuerdas menos y de los segundos te acuerdas más. El nivel de confort encima de la bici va y viene repetidas veces durante el mismo día y a veces me ha costado bastante encontrarle el punto.

También –y según cómo haya ido la noche anterior en la carpa o cuánto nos hayan dejado dormir los anfitriones de turno– ha habido días donde a cada parada de las que hacíamos por el camino me hubiese podido echar al suelo y continuar durmiendo en cuestión de segundos. Una mezcla entre cansancio y sueño acumulado que sólo te acompaña cuando interrumpes este nuevo ritmo natural y dejas de pedalear. Que aparece sólo cuando estás en estático y para el cual el único antídoto efectivo parece ser volver a subir a la bici porque es aquí donde sabes que todo volverá a activarse. Otros días, también me ha parecido como si avanzara durante horas en contra de un viento huracanado que te impide abrir ruta delante del grupo fijando tu velocímetro por debajo de los 24 km/h. Revolucionas las piernas pero no puedes contra él. Te encoges encima de la bici y el manillar para reducir la resistencia a esta fuerza que te empuja atrás pero tampoco consigues avanzar más rápido. Te ríes solo cuando consigues distraerte un poco y mirar para el lado: Te das cuenta que este viento huracanado con el cual luchas sólo te da a ti porque la copa de los árboles y cultivos que llenan el paisaje están tan quietos como si de un agradable día de pic-nic se tratara.

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5 minuts nap

Cuanto más abrigo, más vacaciones

No sé si es porque se me hace familiar (y un poco lo añoro), si es por la fauna inglesa que llena sus calles, por las fachadas y carteles siempre bien cuidados de sus pubs, por su inconfundible acento británico o bien, simplemente por la forma con que los rayos del sol caen sobre la cara porque es la misma con que lo hacen al sur de Chile. Quizás también sea por el parón y descanso en el ferry y por la tranquilidad de estar disfrutando de una tarea ya medio hecha que ahora me deja poner la cabeza en otras cosas, pero hoy, por primera vez, tengo el sentimiento real de estar de vacaciones. De no ir con las prisas. De no ir a contrarreloj. De ir de paseo.

Para nuestra primera jornada de ruta por tierras inglesas, la isla nos reservaba un día de cielo azul salpicado por unas nubes como rebaños de blancas de ovejas que se paseaban sin perturbar a un sol que nos hizo compañía durante las más de 8 horas de camino, de 8:30 h a 17:20 h. Un contraste absoluto si pensamos en el sobre mojado recibimiento de antes de ayer en la tarde, donde el lluvioso clima de la isla se presentó sin maquillaje como queriendo darle algo más de épica a la despedida de Pedro que, sabiéndose con su misión hecha, subía con las prisas a un tren con destino Manchester (ni 15 minutos habían pasado desde que bajamos del ferry que nos puso en el Reino Unido y los tres ya estábamos completamente empapados después de un esprint desde el puerto a la estación de trenes de Portsmouth).

Llevamos dos días de ruta aquí y con una mezcla entre azul, frío, gris y sol, el clima de la isla parece el ideal para estar sobre la bici. El frío nos deja pedalear horas más largas sin necesidad de pararnos. Sudas menos (lo que se agradece) pero te olvidas de beber agua (y tienes que estar pendiente). Nos ponemos más abrigo para contrarrestar esta brisa helada que reseca la cara, se cuela por las orejas y bajo el casco y golpea incesante las manos sobre el manillar. Hasta hoy no había puesto ninguna atención en ellas y ahora se me revelan completamente morenas por el sol del sur. El cuerpo se me hace más presente.

En el mapa también hay menos poblados, menos caminos, menos dudas y una vez estamos perdidos por sus campos avanzamos horas y horas sin cruzarnos con nada y sin más distracción que su verde. Da la sensación que aquí nos moviéramos más rápido y hubiera más tiempo para disfrutar.

Me gusta. El frío añade aventura al camino. Y es curioso pero hace vacaciones.

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Portsmouth, 7:18 h

Viajando por el sur

En cuanto a la vegetación y los paisajes diría que recorrer Gales es como recorrer el sur de Chile (o el recuerdo que tengo de ello). Desde Puerto Montt hasta Tierra del Fuego. Pasas de unos prados de un verde incandescente plagados de vacas lecheras a densos bosques lluviosos plagados de líquenes y de aquí a pampas infinitas de hierba amarilla donde pastan ovejas a la espera de ser esquiladas. La única diferencia es que aquí no hay que recorrer miles de kilómetros en dirección al sur, aquí te encuentras con uno u otro según cuanto subas o bajes por sus infinitas colinas. En cuestión de minutos pasas de un paisaje a otro por estrechadas y serpenteantes carreteras ahogadas por una densa vegetación que nos dobla en altura y que las quiere hacer desaparecer del mapa y las cuales bajamos como toboganes de feria a velocidades censurables. A cada segundo mientras vas cerro abajo con la velocidad a la cara dan ganas de parar y registrar lo que ves para compartirlo pero vas rápido y concentrado y al final decides ser egoísta y disfrutar tú del momento. Dicen que si Gales fuera plano, sería más extenso que Inglaterra.

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Brecon Beacons National Park

Agujeros de gusano

Cada casa es un universo diferente y en este viaje estamos saltando de uno a otro con una facilidad de ciencia-ficción. Nos ha costado semanas cogerle el ritmo a estos saltos porque no veníamos preparados para eso (habíamos entrenado para hacer una ruta en bici pero no para hacer un viaje espacial). Para algunos, somos los primeros visitantes que llegan desde fuera, para otros, los últimos pasajeros al firmar un grueso libro de visitas. Pero en cualquiera de los casos, ahí donde aterrizamos siempre somos visitantes de honor y esto creo que es lo que más hemos tardado en asimilar. Cada nuevo universo requiere una atención especial y por fin empezamos a cogerle el gusto a ello.

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Tarte aux mirabelles !
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Buenísima! ¿De qué? ¡No me acuerdo! 🙂
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Hand-picked wild blackberries pie! (not one but two!)

Duchas y –ehem– wáteres

Para unos, el baño es aquella parte de la casa donde tienen la oportunidad de que, literalmente, todo brille; para otros, bien… una habitación medio olvidada al fondo a la izquierda. Pero toque el que toque, los baños son el corazón de Warmshowers y, sinceramente, lo que más deseas después de una jornada de 8 horas de bici.

Una vez estás en ducha ajena eres como un dentista haciendo espeleología en boca de otro y entonces, como eso te gusta, exploras cada rincón. Unas, inmaculadas que al salir ya no sabes que hacer para dejarlas tan limpias como estaban. En otras, te lo has pensado dos veces (quizás tres) antes de entrar. En más de una has tenido que apartar los juguetes de los más pequeños para no resbalar. En alguna, la instrucción es secar con cuidado toda gota de agua que caiga al suelo y en otra, pasar espray desinfectante y una esponja cuando hayas acabado. Sea como sea, un momento tremendamente reconfortante pero con cierto sabor, digamos, impersonal. Todo lo contrario que cuando lo que te toca es… sentarte. Aquí intimas más porque una vez te acomodas en el wáter descubres que, al alcance de tu brazo, tienes los diversos intereses de tus anfitriones y entonces te tomas tu tiempo y haces el cotilla: Revistas de outdoors para unos, de bio-construcción para otros, de cocina saludable, de fotografía, de skyrunning o algún álbum familiar olvidado.

Así, sea debajo o sobre el agua, definitivamente te lo pasas más distraído viajando así que en los baños de un hotel (y más todavía cuando te ves en un wáter seco: Cuatro de siete en Francia y dos de ellos dentro de las casa).

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Habla por si solo

Esto se nos está yendo de las manos

Teníamos dos días de ruta con poco kilometraje por hacer y, sobre la marcha, decidimos hacer un poco de “turismo”. Pero claro, cuando vas en bici y decides hacer tal cosa el resultado es sólo uno: Hacer más bici.

Teníamos dos días donde podíamos darle un poco de tregua a las piernas llegando temprano a destino y por gusto nos añadimos más horas de pedaleo y llegamos más tarde que nunca a destino. Es cómo si tuviéramos la obligación de estar en movimiento o cómo si no supiéramos ya otra forma de llenar el tiempo de sobra. Por momentos parece como si ahora se nos diera mejor la conversación cuando estamos pedalendo que cuando hacemos un parón (seguramente también porque cuando decidimos parar estamos más por la comida y por el descanso). Pedaleamos más y nos lo pasamos bien. No nos persigue nadie y avanzamos a ritmo dominguero, tomamos la sopa del día, perseguimos las ovejas, nos bañamos en el mar, metemos la nariz en las fiestas de los pueblos, conversamos con la gente. Ayer teníamos que hacer 85,5 km e hicimos 104 km duplicando el desnivel que tocaba, y hoy que teníamos programado 73,4 km hemos acabado haciendo 94,8 km, duplicando también el desnivel programado y llegando por la noche a Pembroke Dock desde donde cogeremos el ferry que nos pondrá en Irlanda.

A tres días de llegar a Killarney definitivamente nos sentimos cómodos sobre las bicis y nos dedicamos a disfrutar del paseo.

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Saundersfoot beach, Wales

Chainsaw oil

De isla en isla parece que la historia se repite: El segundo día en Irlanda contrasta con el primero y despierta con cielo azul, sol y pocas nubes. Lo opuesto de la empapada bienvenida con que ayer nos recibió la isla desde el momento en que bajamos del ferry en Rosslare Harbour a las 7:00 h de la mañana (después de pasar la noche en el ferry).

Ahora, y ya con un paleo-breakfast en la guata (las cosas por su nombre!), toca volver a montar las bicis otra vez y Bart (nuestro anfitrión Warmshowers aquí en Waterford) guía las primeras cuadras de nuestro recorrido porque le cae de camino a la escuela cuna de su hijo. Y lo lleva, naturalmente, en una bici con carrito. Nos despedimos en una luz roja y ahora avanzamos solos por caminos entre campos. Dan las 10:00 h de la mañana y el sol, que aguanta firme al cielo, nos calienta la espalda. Avanzamos lento como queriendo prolongar este momento en lugar de marchar más rápido y aprovechar el buen tiempo para hacer más kilómetros (y mantenernos secos). Sabemos que aquí tarde o temprano lloverá y que tarde o temprano nos volveremos a mojar enteros otra vez. Pero no estamos preocupados, es como funciona aquí. De hecho, lo extraño es que haya salido el solo y los comentarios de la gente así lo confirman. “Nice weather for cycling!” nos comenta más de alguien por el camino.

Tenemos hambre ya y pararemos a comprar lo que sea que tengan en el primer comercio que nos cruzamos. Aquí no es como Francia donde vas saltando de un poblado a otro con facilidad, aquí las casas están dispersas por el campo y tardas en cruzar un núcleo al cual llamarías pueblo.

De la nada, “Village Store / News Agent”. Hora del segundo desayuno. Con un ritmo pausado nos atiende una mujer de otra época mientras hace números en un gran libro de contabilidad. Somos los únicos clientes. Siguiendo el ritual diario, nos instalamos fuera en algún rincón para comer lo que hemos acabado de comprar. A las 12:00 h en punto vemos como la mujer y su marido salen del comercio y marchan en coche sin cerrar nada. El graznido frenético de bandadas de cuervos de fondo y un bidón a medio acabar de chainsaw oil entre la basura animan nuestra imaginación de cine clase B.

En el cielo quedan tan sólo unos pequeños agujeros azules. Todo el resto es gris.

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Somewhere in Ireland

Como en casa

En algunas casas te sientes más a gusto y podrías quedarte un rato. De otras quieres marchar más deprisa. Algunas te parecen más vacías y otras están a rebalsar –RE-BAL-SAR!– de historias y de las cosas más inimaginables para perder la vista. Espacios con una vida que literalmente se amontona en cada rincón y desborda el tiempo de sus habitantes. Y de repente, tú eres parte de eso porque para ellos parece simplemente como si no hubiera excusas para no sumar a un grupo de desconocidos a todo ello. Unos nos han recibido cuando estaban pendientes del nacimiento de una nieta –o nieto– ese mismo día y además cuando al siguiente un hijo partía de casa, otros cuando aquella noche tenían que levantarse tan sólo un par de horas pasada media noche para tomar un bus, otros cuando ya tenían más invitados con ellos y más de uno cuando era su último día por casa porque al siguiente marchaban de vacaciones. Y todos y todas se han dado el tiempo de atendernos y estar por nosotros.

Si a mí me dan a escoger entre dormir en el patio o dentro de casa, yo siempre diré patio. Me gusta acampar y me gusta la idea esta de que alguien te deje su patio para hacerlo. Es más independiente y estás a tu aire, un poco como jugar a hacer campamentos de niño. El patio es un espacio que pertenece a todos los de casa y donde inclso los más pulidos se permiten un poco de desorden y en este escenario me siento más cómodo que quedándome dentro. En el patio estás en casa de alguien pero una vez plantas la carpa duermes en casa tuya.

Por el camino por eso hemos tenido de todo, hemos dormido dentro y hemos dormido fuera. Hemos plantado la carpa junto a antiguas naves de granja por donde ahora pasan compañías de circo, hemos dormido en la habitación de los que estaban de vacaciones, junto a un aerogenerador casero comprado a eBay, en una autocaravana que hace de refugio para gente que está pasando por momentos complicados, en una mansarda, en un campo de fútbol, en un taller de costura, en la habitación vacía de los hijos que ya han marchado de casa, en el sofá del salón robándole el lugar al perro de la casa, cerca de las vacas y junto a huertos, plantaciones de choclo, gallineros, gansos, gatos y elliptigos. Con toda naturalidad, también hemos dormido asediados por centenares de bicicletas y plantado tienda en el patio de un hostal.

Y en cada lugar, han querido hacernos sentir como en casa (o mejor).

Ganaëlle, Claire, Alexander, Mae, Manolo et Jean Claude; Aloïs; Sonia et Franck; Marie et Alain; Silvie, Christophe et Soren; Stephanie et Stéphane; Annie et Jean Michel; Babeth, Didier, Robin et Marius; Marie, Erwan, Leon, Antoine et Jean; Dave; Brenda & Patric; Tim (Alan and Eday); Ann & John; Kasia, Bart & Tymon; Conor; Alan, Kevin & Dan. ¡Gracias!

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Mas Meric
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Fafur
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Saint-Jory
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Saint-Antoine-de-Ficalba
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Bergerac
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Angoulême
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Béceleuf
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Le Fief Sauvin
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La Fresnais
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Portsmouth
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Warminster
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Abergavenny
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Carmarthen
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Waterford
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Mitchelstown
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Killarney
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