El rey por un momento 2/2

Como hace tanto tiempo del comienzo de esta historia, recordemos brevemente de donde veníamos:

Pedro y yo llevábamos dos entrenos. Uno más que Nico, y habíamos conseguido mantenernos a flote durante 2 kilómetros, por lo que nos sentíamos genial con la progresión conseguida después de tantos chapuzones helados. Quedamos esta vez los tres juntos para nuestro tercer entreno, el primero sin nuestro guía, Bryan que estaba fuera, en una competición.  

Es sábado. Quedamos en la estación de tren como siempre y en un suspiro se nos pasa el trayecto conversando emocionados sobre todo lo que habíamos aprendido.

En dos pedaladas sobre la bici, recorremos nerviosos el kilómetro y poco que separa la estación del canal y cuando llegamos sentimos una gran inseguridad.

No hay nadie por allí. El hangar nos parece enorme para nosotros sólos, ahora tiene la apariencia de ser un lugar inóspito donde no comprendemos nada. ¿debemos preguntar a alguien? ¿o quizás debemos de coger la piragua, la pala y tirar como si tal cosa?

Damos vueltas, reconociendo el terreno y tratando de familiarizarnos con los elementos que allí hay.

Palas de todo tipo y color, decenas de piraguas de diferentes materiales y formas, un pequeño gimnasio y los vestuarios. Al fondo, las embarcaciones de los remeros, aquí, ni acercarse, es otro mundo al que de momento no estamos invitados.

De forma tímida nos damos cuenta que hay que empezar a entrenar y uno de los tres dice:

-A ver, ya somos socios oficialmente del club, así que aunque nos parezca extraño, somos tres piragüistas más.

Y con esas palabras y recurriendo a un poco de valentía, buscamos las palas que nos había asignado Bryan el primer día. Una vez localizadas, cogemos nuestras tres piraguas blancas, tal y como nos indicaron el día anterior y nos dirigimos al agua a repetir el ritual que tan bien nos habíamos aprendido. Estámos emocionados por poner en práctica y demostrar nuestra pericia ganada en la clase extra que llevábamos y que nos ofrecía cierta ventaja frente a Nico.

Los kayacs, pesan. No muchisimo, pero pesan, y hay que cargarlos sobre un hombro desde el hangar hasta el embarcadero. Hace un poco de viento, pero es el suficiente como para que éste te empuje de lado y mantener el rumbo con una piragua de 5 metros a modo de vela encima se transforme en una tarea molesta.

Ponemos el kayac en el agua, y nos sentamos en el embarcadero, para determinar si el asiento está bien regulado o necesita de algún ajuste. A los tres nos parece que no se adapta a nosotros, así que desenroscamos las palometas, y desplazamos el asiento. Incluso nos atrevemos con los reposapies. Movemos todas las piezas movibles hasta que pensamos que está todo perfecto… y pasamos a hacer de profesores de Nico. Tanto Pedro como yo, intentamos explicarle como coger la pala y de que manera practicar los movimientos de cintura necesarios para mantenerse a flote. Y es que claro, la confianza que nos había dado el haber recorrido 2 kilómetros sin caernos el día anterior no tenía límites.

Le ayudamos en todo lo que pudimos, y nos esforzamos de todas las maneras posibles para que Nico se pusiera al día rápidamente. Pero no había forma. Le faltaba una clase, y no se atrevía a soltar la mano del embarcadero. Estaba en la piragua, pero no se atrevía a soltarse, y le temblaba todo el cuerpo. Lógico. Nico había ido a clases de tonterías el viernes, mientras nosotros habíamos decidido ir a remar. El que no se esfuerza, no progresa. Pobrecillo.

Aún así, le pusimos empeño, y le dedicamos tiempo, pero no soltaba el embarcadero. Tal era su inseguridad. En cuanto trataba, en un acto de fe, de soltarse y dejarse llevar, la piragua se inclinaba y se veía forzado a volver a sujetarse a tierra firme para evitar acabar completamente mojado. Y el agua, amigos, estaba muy muy fría.

El tiempo estaba corriendo y tras un buen rato sin conseguir comenzar el entreno, los tres empezábamos a impacientarnos.

Dándose cuenta de todo el tiempo que nos estaba haciendo perder con sus miedos, nos dijo: –venga, va, subanse en sus piraguas, y salimos. Que sea lo que dios quiera, y adelante! (o abajo!)

-¿seguro Nico? tranquilo, repite los ejercicios y ya luego salimos.

Pero no. No se sentía seguro ni cómodo de ninguna forma y quería acabar con tanto sufrimiento lo antes posible, así que nos fuimos cada uno a nuestras piraguas y desde allí continuamos viendo como Nico se balanceaba en exceso, y no conseguia separarse de tierra fierme. Cada vez que hacía un amago de soltarse, le temblaba todo el cuerpo y se giraba toda la piragua. Esto no podía acabar bien.

Aunque siempre con buen humor, era frustrante y parecía que no iba a soltarse nunca. Estaba sufriendo. Hasta ahora era Pedro el que siempre se había ido al agua, y al que le costaba más mantener el equilibrio, pero de alguna forma, todas esas sensaciones le habían pasado esta vez a Nicolás.

Respiramos profundo y sin pestañear nos concentramos para salir. En silencio. Pero a punto de meter las palas en el agua. Resuena una voz desde lejos:

-Esa y esa son strun, aquella es fronchun. No vais a conseguir navegar. – E inmediatamente, tras soltar esa lapidaria frase que ni entendimos bien, la mujer que había hablado, se da la vuelta y se le aleja caminando a paso firme. (más adelante supimos que había sido Marga, la presidenta del club)

-¿que dijo? – pregunté al aire.

-No se. Dijo como que no íbamos a conseguir navegar. Algo de dos nosequé y una nosecuá.

Del susto salimos del agua. Los tres. Sacamos las piraguas del agua, y empezamos a debatir.

¿tú que crees que dijo?

-Que no ibamos a conseguir navegar. ¿pero por qué?

Vale que llevábamos poco tiempo en esto, pero… ¿igual estábamos haciendo algo mal? Si no, no nos habría dicho nada… ¿o sí? hay mucha gente que habla sin saber….

Intercambiamos unas palabras entre nosotros, tratando de descifrar el mensaje que nos había lanzado y Nico (creo, porque despues de tanto tiempo algunas cosas se escapan a la memoria) elucubró:

Creo que se refería a que las piraguas son diferentes.

¿como va a ser eso? son blancas las tres. – Argumentamos los dos sabios de la física (cuantica, claro, porque de fluidos ni idea)

Las miramos de lejos. Boca arriba, boca abajo, de lado, hicimos diferentes mediciones utilizando como unidad de medida los palmos y dedos pulgares, pero no. Las piraguas nos parecían exactamente iguales. Eran igual de largas, y anchas, tenían la misma forma, el mismo timón, y el mismo logotipo.

Algo fallaba. ¿qué había querido decir aquella mujer?

Resignados, no sabíamos si volver a dejar las piraguas donde las encontramos e irnos a casa, o bien lanzarnos a navegar sin pensar en nada más. La incertidumbre y la curiosasidad nos hicieron seguir averiguando.

Tras un buen rato de inspección damos con la clave. Voilá. Dentro de los kayacs hay una etiqueta con el nombre del modelo. Y en la de Nico descubrimos las palabras: “New Master”. Que traducido al castellano significa: “piragua con la que los novatos como nosotros no pueden navegar”, frente a la etiqueta de la piragua de Pedro y mía, que ponen: iniciación, o lo que es lo mismo, pringado acuático.

Desvelado el misterio, y con la certeza de que son piraguas diferentes, las miramos con otros ojos y nos damos cuenta de que el asiento es mas ancho en unas que otras, y que la New Master, es más redondita por el fondo, mientras que las de iniciación son casi planas, lo que seguramente las dota de mayor estabilidad)

En un rápido click mental que sucede en nuestras tres cabecitas simultáneamente entendemos todo. Entendemos como es que Nico, tras su primer día sin caerse al agua, hoy era completamente incapaz de separarse del embarcadero. Y entendemos tambien como es que a Pedro hasta hoy, le había costado tanto no perder el equilibrio. Estaba claro. Obvio. Certero. Evidente. Inconfundible.

En el club, sólo hay tres piraguas blancas, y al pobre Pedro, hasta ahora le había tocado la New Master. Con la que Nico ni había podido soltarse del embarcadero. Y lógicamente no había pasado ni un sólo día sin remojarse en las frías aguas de invierno que guarda el canal para los novatos como nosotros.

Así que Pedro, pasó de ser el patoso que más veces se había caido al agua, a ser el mejor. Había conseguido no solo separarse del embarcadero, sino hacer 2 kilómetros sobre esa piragua de competición! Alucinante. Estábamos muy sorprendidos y contentos porque ese mal rato que había pasado Nico sobre la piragua, tenía explicación, y también la tenían las absurdas caídas de Pedro en días anteriores. De repente, la moral se multiplicó por mil! De no lograr casi remar, a ser un fiera capaz de controlar una piragua de competición en un minuto.

Nos parecía increible que Bryan hubiera lanzado a uno de nosotros directamente con esa embarcación y lo dejara frustrarse con tanta caida sin avisarle… pero quizás era lo normal. Ya le echaríamos la bronca cuando lo viésemos. El asombro del momento produjo una situación de radiante sorpresa y felicidad unidas.

Despues de muchas felicitaciones y compartir alegrías, fuimos a dejar la New Master en el hangar y a buscar otra piragua blanca, pero no habían más. Así que decidimos turnarnos para entrenar, y mientras dos remábamos, el otro esperaría en el embarcadero.

Luego iríamos cambiando y así completábamos el entreno. Nos tocaba empezar a Nico y mi. Dejamos a Pedro tranquilito en en un extremo del canal, reflexionando sobre su nueva e inesperada maestría.

Todo el camino de ida y vuelta, fuimos hablando de cómo habíamos sido capaces de no notar lo diferentes que son los dos tipos de piraguas, y de lo mal que lo había pasado Pedro hasta ahora sintiendose falto de equilibrio. Pero bueno, ya estaba. Todo tenía una explicación, y Bryan se iba a ganar un tirón de orejas cuando lo viésemos, por no advertirnos.

En los últimos 500 metros, yo fui apretando un poco más, e iba delante, cada vez con un poco más de confianza, y aprentando cada vez más hasta sentir que se podía hacer deporte sobre este cacharro (hasta ese momento, todas las energías las empleaba en mantener el equilibrio y no en remar, por lo que cansar, no me cansaba mucho). Ya podía sentir un verdadero apoyo al meter el remo en el agua, que servía tanto para ir hacia adelante, como para mantener la verticalidad.

A poco de llegar al embarcadero, veo a Pedro junto a una figura, que a medida que me acerco me doy cuenta de quien es: Bryan. Supongo que le habrá explicado la historia, y desde lejos pregunto:

¿Qué Pedro? ¿Era New Master la tuya?

Un poco cabizbajo me dijo que no. Salgo del kayac, y les pregunto a los dos. -¿Pero como era eso posible?

Resulta que hay más piraguas blancas de iniciación, pero que justo hoy se las habían llevado a una competición, y por eso no quedaban más. Vaya fiasco. La alegría general nos duró menos de media hora. Volvíamos a ser 3 desgraciados, que no lograban montarse en una piragua de iniciación y que al mínimo despiste, se caian al agua.

En lo que llegaba Nico remando con mucha prudencia, Bryan y Pedro sacaron otra piragua. Roja esta vez. Menos grácil que las que estábamos acostumbrados a coger, pero muy bonita. Tenía un toque clásico que la hacía como sacada de otro tiempo ya pasado. No nos habíamos fijado en ella, porque parecía bien diferente, pero al fin y al cabo era otro kayac de iniciación y nos servía igualmente.

A los pocos minutos estábamos los cuatro el agua, intentando hacer otros dos kilómetros, mientras Bryan se paseba con su flamante piragua de competición para darnos algunos consejos a cada uno de nosotros.

Nico y yo ibamos de nuevo juntos, incómodos, pero paleándo cada vez con más fuerza aunque aún sin confianza, lo que nos impedía aprovechar la fuerza en la dirección correcta. Pedro a la cola, acostumbrándose a su nueva embarcación, aunque esta vez peleando tanto con ella como con sus propios ánimos, que golpeados una y otra vez con cada nueva caida, aún se resistían a venirse abajo. Si algo es este hombre, es terco y duro incluso sin ánimo para serlo.

Bryan nos dió durante el camino al final del canal, varias indicaciones sobre como mantener el equilibrio y sobre como palear de forma correcta. Él se movía velozmente y con agilidad entre nosotros, y por cada una de sus paladas, nosotros necesitábamos tres para mantenernos a su lado. Eso y la facilidad que tenía para no perder la posición en ningún momento, nos tenía muy sorprendidos a nosotros, que con solo desviar la mirada, nos encontrábamos haciendo mil piruetas y contorsiones para no acabar remojados y congelados.

A poco de llegar al giro que nos pondría de vuelta al punto de partido, Bryan salió como un cohete a buscar a Pedro para darle dos consejos también. Que hasta ese momento iba solo, luchando consigo mismo y con los elementos.

Ellos se encontraban a unos 300 metros de distancia de donde estábamos nosotros y decidí tratar de alcanzarlos . Comencé a remar con todo lo que sabía, cada vez más rápido. Por primera vez encima de una piragua, comenzaba a jadear mientras tomaba aire. Notaba los latidos de mi corazón golpeando fuerte desde el pecho. No podía hacer trabajar más rápido a la pala, y ya no por temor a caerme, sino por falta de potencia. Poco a poco me acercaba a ellos. 150 metros… seguí paleando con fuerza…

Estaba anocheciendo desde hacía un rato. Sin darnos cuenta, el sol se había escondido disimuladamente entre las montañas cambiando por completo el escenario de nuestras andanzas. En el canal, no hay iluminación artificial, así que cuando oscurece, todo se desdibuja un poco. Como si de una acuarela se tratase, los colores parecen derretirse junto con las formas, que al perder su definición, le dan al paisaje un tono fantasmagórico. El agua, entre plateada y dorada por el anaranjado color del cielo se muestra como un espejo, al no estar agitada por el viento que suele desaparecer en este momento justo que no pertenece a la noche, pero tampoco al día. Estamos solos en el canal, y lo único que perturba la calma del lugar es el rítmico chapoteo a izquierda y derecha que vamos haciendo con nuestras palas al introducirlas en el líquido. La paz del momento, te obliga a querer no salpicar. A meter la pala con suavidad y en el ángulo correcto para únicamente remar hacia adelante y no chapotear. El ruido es un enemigo de la eficiencia y de la belleza, solo buscas deslizarte….

Ya había recuperado otros 50 metros y podía distinguir bien la forma de Pedro sobre la piragua, delante de mí.

Entonces me fijé que se había puesto muy erguido y que estaba remando con mucha soltura. Cada vez con mayor ritmo y potencia. No tenía el cuerpo y ni la pala como nos indicaba Bryan, pero con cada movimiento se alejaba un metro de mí. Había comenzado a remar como un motorcito, sin preocuparse del equilibrio. Estaba yendo muy rápido. Intenté como pude apretar un poco más, pero no conseguía acercarme. Cada segundo estaba mas claro que Pedro había encontrado el deporte en que iba a pasar la mano por la cara a Nico y a mi. Tenía el cuerpo preparado para remar, y esa era la primera ocasión en que había podido demostrarlo. Simplemente paleando, sin nervios, y sin forzar. Aun así, inalcanzable.

Y ese fue el momento que tantas palabras nos ha tomado alcanzar.

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2 thoughts on “El rey por un momento 2/2

  1. Qué hermosas descripciones del anochecer, del logro de Pedro, de la frustración del primer momento!!
    Se echan de menos estos capítulos que nos han permitido acompañarlos en sus aventuras y aprendizajes!!!
    A dónde iremos después y en qué ????
    Cariños a los 3, desde aquí al sur del mundo!!
    Lolo/Pablo

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