El rey por un momento (1/2)

A mí me parece divertida y bonita. Esta historia habla sobre nuestros pensamientos, y sobre la fuerza que tiene la imagen del mundo que nos hacemos en nuestra cabeza. Para que se entienda, hay que contarla siempre en tiempo presente, como si hubierais estado allí con nosotros, mano a mano. Nosotros la disfrutamos muchísimo y espero que ustedes, al leerla, también.

Como contexto: Antes de escribir esto, sólo habíamos estado en el canal olímpico en una ocasión. En ella, Nico y yo pasamos un muy mal rato sobre nuestras piraguas de iniciación, aunque conseguimos mantener el equilibrio suficiente como para no caer al agua en el rato que estuvimos allí. No tuvo tanta suerte nuestro amigo Pedro, que cayó varias veces, aunque se repuso de todas ellas con mucha entereza a pesar de terrible frío que hacía. Aún hoy, no sabemos de donde sacó las fuerzas para resistirlo.

Siendo esta la situación, comienza la historia:

Viernes a la tarde: Tenemos previsto ir al canal olímpico para la segunda clase de Bryan en este mundo del kayac, que nos tiene tan asustados. Y tras un amago de cancelar (al darnos cuenta de que coincidía con otras clases) Pedro y yo sucumbimos al encanto de la navegación, pues nos sentimos mucho mas verdes que Nico en el agua y el miedo nos hace no desaprovechar oportunidades de poder practicar el conjunto de juegos equilibrísticos que hacen falta para poder mantener el cuerpo dentro del kayac. Nico se queda en Barcelona, aunque nos promete que el sábado ya iríamos los tres juntos.

Así, después de un día intenso en el trabajo, salgo corriendo a buscar la bicicleta, paso por casa como una exhalación. Engullo cualquier cosa mientras me cambio de ropa y salgo volando nuevamente con la bici a cuestas y la mochila con 3 mudas de ropa a por la estación de tren. Lo de las tres mudas, o tres vidas, como nos explicó con acierto Bryan es porque si te caes al agua, que está helada, no puedes seguir navegando. Tienes que ir a darte una ducha, cambiarte de ropa, y una vez entras en calor, volver a intentarlo. Si te quedas sin ropa, te quedas sin entrenar. Así que por eso más vale ir cargado. Ahora que pasamos mas tiempo en el agua que sobre la piragua, es importante llevar ropa seca)

La ciudad está repleta de gente, y aunque hay tráfico, consigo llegar a tiempo a la estación de RENFE. Pedro aún no está. Le escribo y espero unos minutos en el andén. A los pocos minutos llega, también con cara de no haber parado en todo el día, y como yo, casi sin comer y con el miedo metido en el cuerpo.

Cuando llega el tren, metemos las bicis intentando no molestar y pasamos el viaje hablando de tiempos, velocidades, matemática aplicada a la navegación y sobre la teoría de la brazada correcta para nadar. Todo muy técnico e interesante, pero no se si aprovechable cuando uno se encuentra a punto de sumergir la cabeza dentro de un canal helado por culpa de haber perdido ligeramente el equilibrio de uno de los ojos (porque en la piragua, si mueves mas un ojo que el otro, te caíste.
Como ahora ya sabemos, y según las palabras de Marga (la presidenta del Club):
“este es un deporte de cabeza.
Se trata de no moverla.
Si la inclinas, te vas al agua”

En un abrir y cerrar de ojos, estamos en el canal. Un verdadero hervidero de gente que contrasta con las otras veces que hemos venido. Ya que siempre ha sido un desierto del que podemos disfrutar casi en soledad. El equipo de piragüismo se prepara para un duatlón que tendrá lugar mañana, según nos explica Bryan, y hay mucha gente preparando todo y cargando los remolques para llevar los kayacs a la competición. Una gran familia trabajando como hormiguitas, cada uno a lo suyo, pero con un objetivo compartido.
Además, coincidimos por primera vez con el entreno del equipo de remo (el remo clásico de Oxford vs Cambridge). Embarcaciones elegantísimas que se movían con velocidad la mayor parte del tiempo, pero con aspecto un tanto patizambo a la hora de maniobrar. Notamos cierta distancia entre los kayakistas y la gente de remo, son familias distintas, pero en todo momento reina un buen ambiente muy muy agradable.

Vemos a Bryan y tras una breve charla, nos ponemos en marcha. Enseguida estamos cambiados de ropa y con nuestras flamantes piraguas blancas al hombro camino del agua.

En general se ven deportistas jóvenes, concentrados cada uno en sus remos. Aunque hay gente de todas las edades, todos parecen saber perfectamente lo que hacen, y salvo por alguna mirada furtiva, no nos sentimos incómodos mientras intentamos colocar en el lago nuestros kayacs, aún sin saber bien cómo.

Dedicamos unos minutos a ajustar tanto el asiento como el reposapies y una vez sentados, nos damos cuenta que nos cuesta horrores separarnos del embarcadero. La sensación de desequilibrio es total y nos agarramos a las tablas del muelle como si fuesen nuestro único nexo con la vida. Se acerca Bryan, que saca tiempo de donde no hay (entre los preparativos del club para el día siguiente), y decide echarnos una mano, enseñarnos algunos ejercicios de equilibrio y dejarnos sobre el kayac con algo de confianza. A los minutos, estamos a la deriva… sintiéndonos como astronautas durante un paseo espacial en el que se hubiera roto el cable que lo une con la nave. Moviéndonos por territorio hostil y arrastrados por fuerzas que no controlamos hacia el infinito. Cada golpe de viento nos empuja en una dirección, y la corriente, aunque suave, también nos desplaza en contra de nuestra voluntad. Sin remedio alguno a nuestro alcance. Simplemente flotamos.

Tímidamente empiezo a meter el remo en el agua. Muy poquito y sin movimientos bruscos trato de alejarme del muelle y de los canales marcados con boyas por donde transitan, de espaldas, los remeros del colegio británico. Un poco por casualidad y otro poco porque voy consiguiendo palear, tomo la suficiente distancia para que la voz de Bryan se vaya apagando hasta que queda atrás. Ya no escucho sus ánimos ni consejos, pero de repente retumba en medio del canal un grito:
– Muchacho! Rema! Sal de ahí! Eh! Sal de ahí!!

Me asusto. Su voz suena alarmada a mi espalda, a lo lejos. No puedo girarme para ver que ocurre, porque estoy con todo el cuerpo tenso y ocupado en mantenerme a flote, contrarrestando los vaivenes del kayac con mi cuerpo. Algo pasa. Vuelven los gritos:
-Usa la pala! Hombre! Muévete! Rema!

No se qué ocurre y me empiezo a poner nervioso. Sospecho que estoy en el lugar equivocado, pero no puedo hacer nada para salir de allí. Mi capacidad de reacción, ahora mismo es nula, y soy como un tronquito a merced de la corriente.

Como gran hazaña personal, muevo un poco el cuello. No me atrevo a girar más, porque ya sabía que al mínimo gesto no meditado, acabas teniendo que rescatar el kayac del fondo del canal. Y fuese lo que fuese que estaba pasando, no podía ser tan grave como para lanzarme al agua.
A mi izquierda consigo ver, por el rabillo del ojo, una pareja de remeros a toda velocidad. Vienen de espaldas, empleándose a fondo, pero están lejos y su dirección no apunta hacia mi. Algo pasa y no lo entiendo, porque Bryan sigue gritando desesperado.
Giro un poco el timón, paleo suavemente por un lado, y poco a poco va cambiando el ángulo de mi perspectiva. Ahora veo a Bryan con las manos en la cabeza y con cara de preocupación. Giro un poco más y me doy cuenta.

Los remeros que acababa de ver, se dirigen a gran velocidad contra el lugar donde presuntamente flotaba también a la deriva Pedro.
Entonces lo escucho, y hasta alcanzo a verlo.
-Perdona, Perdona! – Dice, mientras empuja como puede el remo contra el agua.
Las disculpas y el pánico sirven de ayuda. Los remeros frenan, y el kayac de Pedro gira lo suficiente como para evitar un choque directo, pero no para escapar de él. La pugna de embarcaciones se salda con un suave contacto y un par de miradas de comprensión.
Salvo el susto, no ocurrió nada. Los dos siguieron su camino tras ese toque, y ninguno cayó. Un comienzo por todo lo alto.

Continuamos el entreno. Ya con mas confianza vamos al final del canal (1 km, que se corresponde con un sprint para los especialistas, pero una odisea para unos novatos como nosotros) charlando, y tras unos minutos de dramático silencio para concentrarnos en el giro que nos pondría rumbo nuevamente al embarcadero, continuamos nuestra ruta hablando de cualquier cosa.

Hablar, descubrimos que es bastante importante porque ayuda a no pensar en como montar en kayac, sino simplemente hacerlo. Y digo que es importante, porque cuando la cabeza comienza a preguntarse cosas como si la pala la tengo que coger más adelante o si esa ola que viene no es demasiado grande, o sobre a que lado girar el timón o como es posible desplazar la cadera sin mover el culo del asiento… entonces dejas de hacer todo lo que aún no sabemos, y comienzas a temblar. Lo que de forma invariable te lleva al agua helada, a los vestuarios, y a cambiarte de ropa. Una vida menos.

Así que entre dudas sobre física, compartir miedos y asombros varios, vemos que quedan 250 metros para llegar a tierra firme. Los músculos tensos y la atención plena en mantener el equilibrio en esta recta final. Unos minutos después estamos los dos saltando de alegría, celebrando el haber estado algo más de 30 minutos sobre el kayac, y aun secos!!! La emoción no cabe en nosotros y no podemos contenerla. Nuestra alegría se escucha en todo el canal. Ahí sí que nos miraron algunos de los expertos en actividades acuáticas, con un poco de asombro y quizás con algo de lástima. Y es que lo que a unos nos parece una hazaña de proporciones épicas, para otros, no se trata más que de una simple rutina que no merece la mínima atención.

Y así completamos 2 km de travesía y nos volvimos al hangar.

Guardamos las piraguas, y nos aseguramos de cómo proceder al día siguiente, para seguir entrenando. Sería la primera vez que íbamos “sólos”, sin nadie del club que velara por nosotros, así que aún estábamos muy inseguros sobre como proceder. Preguntamos si esto era tan sencillo, como venir, coger una piragua blanca cada uno, y al agua…. y así era.

De camino a casa la vuelta es pura sonrisa. Estábamos deseando volver al día siguiente a por más. Y ahí, en el día de mañana sábado, tiene o tendrá lugar la historia que os quería contar.

Continuará…

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One thought on “El rey por un momento (1/2)

  1. Totalmente de acuerdo!! Sigan así mijitos y acabaran remando en el Támesis. Que les acompañe un tiempo bueno y agua más cálida.

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