Los últimos 300 metros… largos como los que más

Ayer domingo tocó romper por primera vez la barrera de los 10 km en kaiak. Podría hacerme creer que hubiese podido continuar y hacer otra vuelta más al canal (2 km adicionales) pero es mentira, al final de la quinta vuelta lo único que quería era salir de ese habitáculo dentro del cual estaba literalmente preso.  

Pasa que una vez estás lejos del muelle, ya está, no te puedes bajar. Por mucha sed que tengas, por muy incómodo que estés, por mucho dolor de espalda que sientas, por muy acalambradas que tengas las inmóviles piernas, por mucho frío en los dedos de los pies, por muchas ganas de ir al baño, por mucho sol que te ciegue la vista y queme la cara, por muy mojada que comiences a tener la ropa, por muy tiesas que tengas las manos de coger firme el mástil del remo o por muy cansados que comiences a tener los hombros y brazos. Estás literalmente atrapado y no tienes más margen de acción que… seguir. A ver, si con todo lo anterior consigues estar quieto, siempre puedes detenerte en medio del canal a descansar si así lo prefieres, pero es un hecho que el kaiak es más estable en movimiento, por lo tanto, mejor seguir.

Y así vas, palada tras palada concentrado y tensando cada músculo del cuerpo para poder mantener tu tronco recto y tu cabeza perfectamente alineada con tu… anus (para mantenerte así avanzando y sin volcar).

Esta vez escribo en castellano porque así es como el post comenzó a escribirse mientras remaba. Aquí (en Catalunya), tengo la costumbre de hablar en catalán (o eso intento), pero con el tiempo he descubierto que hay un umbral de cansancio físico ―y mental― que si lo traspaso, me lo impide. Algún circuito neuronal se desconecta y paso directamente a hablar en castellano. Y si el cansancio es mucho, entonces me sale el chileno. Es claro, imagino yo, que esta conducta debe estar relacionada con una gestión eficiente de los recursos por parte del cerebro (de camino a Killarney me pasaba a diario y se me escapaban palabras en chileno que hasta a mi se me hacían raras de escuchar ―de paso, también te das cuenta que mayor eficiencia no significa necesariamente más eficacia pues una frase dicha en buen chileno por aquí no la entiende ni un receptor―). Y ayer, mientras iba en el kaiak, estaba casado y el post, en consecuencia, fue escribiéndose inconscientemente en castellano. Entre muchas otras cosas, pensaba: “Sería genial llevar una grabadora y así aprovechar estas horas de remo para ir grabando ya el próximo post…” (como podéis imaginaros, ideé varios artilugios para ello pero acabé descartándolos todos un par de paladas y amagos de volcar más adelante).

Hasta ahora, cada nuevo día que toca subirse al kaiak es como el primero. Entrar en este habitáculo parece igual o más inestable que la última vez y los primeros golpes de remo los debes hacer como caricias si quieres evitar usar la segunda muda que has traído ―entre muchas― en la mochila. Poco a poco vas haciendo y poco a poco vas cogiendo más confianza. Mientras más rato estás, mejor e incluso hay momentos en que rompes una barrera invisible, te crees el cuento y avanzas con una coordinación armónica de movimientos y respiración que te sorprende y, a ojos tuyos, se ve tal como nos lo explicó Bryan el primer día o como Carlos nos lo repasó el domingo pasado. Pero todo es inestable y tan rápido como avanzas, das un mal golpe de remo, te pilla una ola minúscula o te distrae una gaviota y, sin poder prevenirlo, estás a punto de volcar. Toca entonces detenerse, respirar, centrar el equilibrio, volver a coger el remo en la posición correcta para que Venturi esté de tu lado y vuelta a comenzar. Poco a poco una vez más.

Al acercarme al muelle con la piragua al hombro, reconocí a la distancia la figura de Carlos contemplando con tranquilidad, manos cogidas por la espalda, el inmenso canal olímpico como quien contempla con orgullo el jardín de casa después de un día de jardinería. A Carlos lo conocimos el domingo pasado exactamente en el mismo punto. Allí, en el muelle. Un agradable y fuerte viejo lobo de ―kaiak de― mar que desde hace ya unos cuatro años que también hace kaiak aquí en el canal. Me gustó encontrármelo y charlar y me gustó volver a sentir su voz pausada y consejos técnicos. Puedes sentir su pasión por esto y sabe como darte ánimo y confianza. Vas conociendo a parte de la familia del lugar.

Debo haber subido al kaiak a eso de las 14:30 h y en el agua estaba yo solo. Una gran piscina de 650.000 m3 toda para mi (1.250 m de largo por 130 m de ancho y 4 m de profundidad). Para mi y un buen puñado de gaviotas, patos y aves varias que se molestan a tu paso. El viento soplaba relativamente fuerte y picaba el agua. Venía desde el oeste y la recomendación de Carlos fue la de remar por la banda opuesta del canal pues quedaba más protegida y así lo hice. A medida que te alejas, intentas hacer todo lo que te han explicado con relativo orden para no decepcionar a Carlos que te observa desde su posición en tierra. Poco a poco la voz de sus instrucciones se va apagando mientras ganas metros.

Y ahora, estás sólo tú, el kaiak, el remo y… el objetivo de la tarde:
Hacer 10 km sin parar (o bueno, sin bajarse de la piragua al menos).

Y comienzas. Sin prisa pero sin pausa. Un kilómetro, dos kilómetros, tres y así. Vas incómodo pero a gusto. La tarde es perfecta: Un cielo azul sin nubes y un sol que conviene aprovechar. Desde el kilómetro seis en adelante (a la hora o así), la cosa fue tomando otro color y todo no era más que gestión del dolor y la incomodidad (varias y variadas como ya os comenté) y es entonces cuando comienzas a experimentar esa sensación de estar atrapado dentro de este pequeño habitáculo que no pone nada su parte por querer mantenerte seco. Pero te da igual, quieres seguir hasta acabar y continuas remando los kilómetros que faltan. Mira que hay tiempo entre una punta y otra del canal y así y todo, igual que en la piscina, por momentos pierdes la cuenta de las vueltas que llevas: “¿Ya son tres o llevo cuatro? / ¿Es esta la última o falta una?”.

Después de reconstruir mentalmente lo recorrido y de un cambio de dirección realizado con extrema precaución a final del canal, determinas que los de ahora sí que son los últimos 1.000 metros y te lanzas a por ellos. Los últimos 300 metros… largos como los que más.

Cuando por fin ya has aparcado los 5 metros de piragua al lado del muelle, toca salir de ella. Y aquí, otra nueva sorpresa: Ni los brazos ni las piernas responden como de costumbre y sales del kaiak haciendo una especie de croqueta poco decorosa (por suerte, para ese momento Carlos ya no estaba por ahí). Luego viene ponerse de pie y caminar… y eso es otra historia (y ya, mejor ni imaginar la idea de ponerse a correr 21 km).

Al final, unos 10 km largos en 1 hora 40 minutos o así. Y estás contento porque ésto no puede sino mejorar. 🙂

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No queda muy bien pero con el Komoot sólo registré los últimos 8 kilómetros del recorrido (desde la segunda vuelta). Digamos que, antes de entrar al agua, no quise ponerme a jugar con el móvil  delante de la imponente presencia de Carlos. Práctica 25/FEB/18.
01
Ahora ya sabemos diferenciar entre una piragua “strudel” (las que nos corresponden) y los modelos más avanzados para competición. Y esta de aquí, es una “strudel”.
02
Como he dicho, solo, solo, no estaba.

Sí, ayer domingo una tarde de remo en solitario pues Pedro no podía repetir la escapada que hicimos el sábado y a Guayas lo teníamos de visita familiar en Canarias.

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