Un día redondo.

Nos despertamos sobre las siete. Ya Tim, Alan e Ybay llevaban una hora haciendo Everesting en la montaña de al lado y nosotros comenzábamos a abrir los ojos.

La noche antes ya habíamos modificado nuestra ruta en el Komoot (la app que usamos para planificar el viaje) para poder pasar por allí y saludarles durante su ascenso.

Aunque en un principio nos tocaba una jornada relativamente corta y sin mucho desnivel, decidimos ampliarla con diez kilómetrillos de más y algunos metros de altura adicionales.

Ya llevábamos unos cuantos días en bicicleta, cumpliendo horarios y con la rutina de trabajo bien asimilada. Nos despertábamos temprano, recogíamos, desayuno y a pedalear.

Dábamos por sentado que cada día iba a suponer unas 6 horas sobre el sillín y ya está, y hoy no podía ser menos así que buscamos entretenimentos varios para poder pasar el día. El primero de ellos: Everesting, o como ya lo habíamos empezado a llamar nosotros: Ever Resting.

Salimos de casa de Tim sobre las nueve, un rato después de que él llegase tras acompañar a sus amigos durante un rato (Tim no podía hacer la jornada completa de escalada, pues aún se estaba recuperando del accidente que había sufrido unos cuantos días atrás). Y nos dirigimos directos a Blaenavon.

Llegamos bastante rápido a la falda de la colina y comenzamos a subir. Poco a poco pero sin parar, y en aquellos puntos donde la pendiente se hacía mas dura, nos poníamos sin remedio de pie sobre la bici, empujando los pedales con todo lo que podíamos para mantener la marcha ascendente a pesar de las dificultades que suponían las alforjas y los días de cansancio acumulado. Hacía frio, pero la pendiente por cada grado de inclinación que aporta, es como uno de temperatura añadido al ambiente. Deseabamos encontrar a los dos valientes pronto, y así poder acompañarles en al menos una de sus ascensiones, pero ya estábamos por la mitad de la subida, sudando y con poco aliento, y no los habíamos visto aparecer. Aunque la idea era acompañarles en una ascención completa, la posibilidad de deshacer el camino y recomenzar la subida se hacía mas lejana con cada metro que avanzabamos. Y seguían sin aparecer nuestros amigos.

La montaña comienza serpenteante y no te permite ver su forma, ni su cima hasta que vas llegando a ella. En el camino (y a los lados) hay ovejas pastando que te miran con desinteres y algunas ni siquiera amagan apartarse de la carretera a nuestro paso. Está claro que si alguien molestaba allí, eramos nosotros.

Ovejas preocupadísimas por nuestra presencia

Según subimos descubrimos el verdadero paisaje de Gales y nos vino a la cabeza la frase que estaba escrita en una de las tazas de desayuno de la casa de Brenda: si Gales fuese plano, sería mas grande que Inglaterra. Y es que es tal cual. A lo lejos, en cualquier dirección, todo es un paisaje ondulado lleno de suavísimas colinas tapizadas en diferentes tonos de verde. Flores y ovejas, algunas casas bajas, y agua en cualquier rincón completan un cuadro que me gustaría poder pintar.

Sigue haciendo frio, pero no llueve, y estar seco en estas tierras es un lujo que uno no tiene accesible todos los días. Dos curvas más y con una sonrisa en la cara pasa Alan, como un genio sobre su alfombra voladora se desliza sobre el esfalto pendiente abajo sin darnos casi tiempo de saludar. Que alegría verlo! Aunque solo fuese por un momento, se le veía iluminado y con mucha fuerza, aún debía dar unas 18 vueltas más a la montaña, pero se encontraba radiante. A los pocos minutos pasó Ybay, contento también y disminuyendo un poco la velocidad para saludarnos desde su eliptigo. Y nos quedamos solos nuevamente. Aún con dos trechos pendientes por subir, y aunque bromeamos sobre la posibilidad de bajar para repetir la ascención, ni siquiera miramos atrás.

Casi en la cima hay un laguito, o mas bien un estanque, llamado Keeper’s Pond o Pen-ffordd-goch Pond o Forge Pond (aquí todo tiene 3 nombres), fresco y con un color cobrizo. Es un estanque artificial construido para dar servicio a la forja del lugar y a las minas de hierro, aunque ya no se utiliza por lo que ha quedado como epicentro de un lugar idílico para visitar.

Sorprendetemente, tras llegar a la cima, no seguimos la ruta en bajada, sino todo lo contrario. Una mezcla de subidas disimuladas, con falsos llanos, que te impedían continuar la marcha a la velocidad esperada alargaba el camino indefinidamente. La imaginación siempre ponía el comienzo de la bajada tras la siguiente curva. La vista no te enseñaba nunca nada mas elevado que el punto en que nos encontrabamos, y sin embargo, Gales siempre te ofrecía un recodo un poco más alto, hasta que….

Llegamos al tobogán. El primero de nuestro viaje. Un paseo de unos 8 kilómetros en pronunciado descenso, con curvas de todo tipo, algunas suaves y otras más complicadas de gestionar. Te sentías como en una montaña rusa bajando por esos caminos, y pensando en dos cosas:

  • ¿Cómo aguanta tanto la bici? No entiendo como no sale volando la rueda en mitad de la bajada a 50 km/h.
  • Si se rompen los frenos, esos setos no parecen un mal sitio para aterrizar. Al menos estamos en un sitio verde…

Al cabo de un buen rato, con los brazos agarrotados por haber estado aferrado al manillar y a los frenos, llegamos abajo y tras unos kilómetros, vemos un pequeño desvío que nos lleva paralelos al camino que indicaba el mapa, pero a través de un estrecho canal. Como era temprano y ya habíamos avanzado bastante, decidimos darnos el gusto de sacrificar un poco la velocidad del viaje, por ir mas tranquilos y por unos paisajes diferentes. Y fue todo un excelente acierto.

Hacía un día precioso, con sol, y circular al lado del canal, era todo un gusto para los sentidos. Con frecuencia veíamos barcos pasar arriba y abajo, a veces entre el angosto espacio que quedaba entre los árboles y en otras ocasiones en espacios mas abiertos que permitían disfrutar de los paisajes galeses. Anotado queda para la posteridad, el repetir este trozo del viaje, pero en barco y sin pedalear, siempre corriente abajo, o con el motor encendido y la tetera humeante. Por lo que pudimos averiguar, costaba menos que un hotel, y cada barquito tenia capacidad para unas cuatro personas.

Navegamos sobre nuestras bicis junto a los barcos durante algunos kilómetros, dando tumbos por el terreno irregular y poniendo a prueba los transportines, que con cada resalto hacían bambolear las alforjas de un lado a otro con cierto peligro. Atravesamos varias exclusas y acabamos por abandonar el canal, para volver al camino asfaltado y avanzar algunos kilómetros. Aún no habíamos conseguido hacer el segundo desayuno, y se acercaba ya la hora de comer, así que estábamos algo necesitados de alimento. Después de un buen rato, pasamos por una tienda con cafetería, que resultó ser nuestra presentación a dos grandes descubrimientos: la sopa del día, y las galletas de Gales. Mi padre, haciendo honor a su cuento de “tu pitarás” (resumida, es la historia de una persona que se iba de viaje, y todos sus conocidos le hacian encargos pero nadie le daba el dinero para comprarlos excepto su abuelo, que le dió un duro de plata para comprar un silbato, y la respuesta del nieto fue: abuelo, tu pitarás.), nos quiso regalar a los viajeros una comida para disfrutar, y aquí encontramos la oportunidad. Primero entramos en la tienda, donde nos hicimos con la parte correspondiente al “segundo desayuno”, es decir, galletas (las galesas, con mucha mantequilla y pasas, riquisimas!) , frutos secos, algo de fruta, pan, alguna barrita de cereales (y aquí ya, de mantequilla), y después pasamos por la cafetería a, inicialmente, pedir un té. Pero no pudimos resistirnos a pedir la sopa del día (una de patatas, y otra de champiñones) y junto a los tés, una porción de tarta mas allá de lo buenísima. Disfrutar de la comida sería corto para describir el momento.

La foto no luce lo suficiente como para enseñaros lo rica que estaba, y lo dulce que sienta en el cuerpo el pan con matequilla, calentito tras bañarlo en la sopa. Gracias Papá, tu pitarás.

De ahí salimos (un poco pesados del estómago, todo se ha de decir) para continuar el resto del viaje. Pasamos por un par de pueblitos preciosos, junto al río, y en varios nos encontramos con mucha animación. Música por todas partes, calles inundadas de gente, food trucks, una mujer cocinando y trinchando un cochinillo, dos bandas de música en terrazas, un grupo cantando Elvis y mucha mucha gente.

Es una pena no habernos podido quedar mas tiempo, pero teníamos casi la mitad del viaje por delante y ya se nos hacía tarde después de tanto relajo. El resto del trayecto transcurrió entre caminos y carreteras casi desiertas (de gente, porque de vegetación y fauna estaba lleno) y mientras más nos acercábamos a nuestro destino, más nos acordábamos de que llevábamos las alforjas sin apenas provisiones para comer esta noche, así que ibamos atentos a cualquier supermercado donde pudieramos comprar un detalle para nuestro anfitrión de esa noche y para nuestra cena. Encontramos una pequeña tienda de productos artesanos donde vendían mermelada y miel que regalaríamos a los dueños de la granja que nos habían ofrecido su cesped para acampar, pero en los siguientes kilómetros no vimos ningún otro comercio. A punto de llegar y conscientes de que estábamos a cerca de pasar la noche con un puñado de avena, nos paramos en una de estas cajitas tan monas y exclusivas de las granjas de Gales, con su tabla de precios y su hucha donde abonar el autoservicio de huevos que proporcionan. Quedaban dos de pato y nos los llevamos por 50cc.

Con eso y algo de avena tendríamos la cena lista! Ahh y con los macarrones liofilizados que Pedro nos había dejado, casi como regalo de despedida cuando nos abandonó en inglaterra. A fin de cuentas, tampoco estaba tan mal. De un tirón llegamos al punto donde debía estar la granja, tras cruzar muchos campos de vacas y múltiples explotaciones ganaderas.

Buscamos con cariño el camino para acceder a la nuestra y descubrimos enseguida que se trataba de una granja escuela. En fin de semana y verano: totalmente desierta. Llamamos al teléfono de John y no conseguimos respuesta. Dimos un pequeño paseo, y lo único vivo que encontramos fueron vacas…. hasta que al cabo de un rato, vimos/escuchamos movimiento en las naves de ordeño.

Nos saludó un hombre fortísimo, que nos explicó que John vivía alli y que llegaría pronto. Eso nos lo dijo tras habernos llamado locos, muy locos por haber llegado hasta allí en bicicleta desde Barcelona. Y es que con cada día que nos alejábamos de nuestra ciudad, el asombro de la gente y el énfasis que ponían en la palabra crazy, era mayor. ¿pero que le ibamos a hacer si tenian razón?

Esperamos a John a la entrada de la granja, y matamos el tiempo hablando con las vacas, fotografiando el entorno y absortos con los sonidos, colores y compañias que nos ofrecía el lugar.

Cuando llegó nos saludó con mucha amabilidades y nos enseñó donde podíamos acampar, donde podíamos conseguir agua y nos preguntó si necesitabamos algo de comer o teníamos de todo… Nicho y yo nos miramos, y como siempre, en tan solo un vistazo nos habíamos entendido, pero entendido fatal, como siempre.

Le pidió un poco de pan para acompañar nuestra suculenta cena (y yo pensando en un puñadito de arroz para poder completar nuestro guiso de avena con pasta). Gracias a la buena imaginación de John y de su mujer Ann, ésta nos acabó por traer todo un botín espectacular del que dimos una gran cuenta esa noche.

La tienda ya estaba montada, el fogón encendido, y la cena humeando sobre el cesped de gales. De fondo, un centenar de vacas, que al caer la noche sobre ellas, se tienden en el suelo y abandonan su cometido diurno, el comer. Salieron las estrellas, el cielo estaba despejado, y la cena… ya lista, sabía a gloria ahuyentando el no tan lejano miedo a no cenar. El menú, un poco raro: un caldero con pasta, avena, dos huevos de pato y todo cocinado en leche de vaca recien ordeñada. Acompañado de un pan riquísimo y unas galletas deliciosas.

Nos ibamos a dormir temprano, secos, y bien alimentados tras un día perfecto.

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One thought on “Un día redondo.

  1. Hoy volvimos a leer el relato de ayer, que fué una lectura rápida pq debíamos salir….
    Está genial…están muy entretenidos y descriptivos y nos hacen recorrer los paisajes con ustedes…me siento feliz de que no llueva y más feliz de andar en la bici y que salga un poquito el sol….jeje!
    Con la mezcla de comida no sabemos si nos acostumbramos… pero nos encantaría saber cuál es la diferencia de sabor entre un huevo de gallina y uno de pato!!!
    Sabemos que ya fué la carrera y que viajan con todos los amigos…. sin embargo felices de leer el cercano pasado, lo primero que hacemos es mirar si hay más……
    Abrazos desde el sur del globo!!
    Pablo y Loreto

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