Cogerle gusto al dolor y otras ingenuidades

Este fin de semana la excursión prometía ser suave. Guayas tenía que asistir a una reunión matutina de deportes frikis (la típica reunión a la que va uno un sábado por la mañana) y yo había conseguido que Nico renunciase a su idea inicial de ir hasta Calella por la N-II. Saldríamos cuando Guayas se liberara de sus compromisos institucionales y haríamos una ruta circular corta (unos 80 km) por carreteras secundarias. Nico no estaba del todo a gusto con la idea, pero ya encontraríamos un modo de contentarlo.  

Mi estreno en Girona me dejó unos 3 días para el arrastre, y sólo que la ruta de hoy fuera de dos dígitos en distancia ya era un punto de optimismo. ¡Un optimismo que se demostró ingenuo por los cuatro costados!

Entre unas cosas y otras salimos a las 14.00, y también entre unas cosas y otras yo me olvidé del pequeño detalle de la comida: apenas había podido engullir un plátano y dos lonchas de queso huérfanas cogidas al vuelo. “Bah, ya pillaré algo en un bar de camino”, pensé en mi ingenuidad, que en esta salida me jugó varías malas pasadas. Comenzamos la ruta con una camadería despreocupada, e incluso creo que llegamos a hablar de temas más propios de barra de bar y cerveza en mano, como el motivo de que siempre veamos la misma cara de la luna y la equivocada concepción popular de la acción de las mareas en la rotación de la Tierra.

Al llegar a Badalona Nico cambió de tercio y dejó muy claro que no pensaba prepararse el Hardman a base de conceptos astronómicos: declaró que el tramo hasta Mataró (20 km) era de esprint y que no se podía bajar de 35 km/h. Dicho y hecho. Cubrimos los 20 km en 28 minutos. Que cada uno haga sus cuentas. Yo personalmente mantuve el ritmo gracias a la imagen de una pizzería que tiene unas ofertas de 2×1 irresistibles para cualquier ciclista desfallecido. Creo que fue en esta ocasión, mientras me zampaba un triángulo de cuatro quesos salpicado con tomates cherry, en la que aprendí que el tomate no es bueno para mantener un organismo equilibrado (el tomate de toda la vida en rama, sí. Básicamente, hay que mirar con desconfianza todo lo que no venga de plantas con nombres muy raros, es la idea que me llevé).

Con el estomago apaciguado y reservas en la mochila, nos lanzamos a por la segunda parte de la salida: cruzar las estribaciones meridionales de la sierra del Montnegre hacia el interior para llegar al pueblo de La Roca del Vallés. Como demostración de las historias que Guayas y Nico me habían contado sobre su precaria preparación de las rutas, aquí pude constatar (y disfrutar para mis adentros) en carne y hueso esta improvisación con los mapas: cuando la vía más obvia (ir por carreteras que subieran hacia el oeste) se agotó, cada cual desenfundó su móvil y comenzó una apasionada dialéctica de direcciones, códigos de carreteras, supuestos, apps de navegación y gps, intercalada con pequeñas incursiones y pruebas fallidas de posibles vías de avance. Al final Guayas y yo decidimos que una pista forestal que subía sinuosa por la montaña era la mejor opción, y los tres nos lanzamos por allá, muy a pesar de Nico, que se pasó este tramos musitando entre dientes una especie de mantra, del que sólo pude distinguir las palabras “…siempre acabamos igual… ya me la ha líado de nuevo… maldito Googlesen…”. Lo cierto es que no le faltó razón. La pista resultó ser una versión catalana de arenas movedizas en forma de camino, y nuestras ruedas se clavaban en ella como el cuchillo en la mantequilla.

Cuando salimos de la pista de arena yo pensaba, engañado de nuevo por mi ingenuidad, que lo más duro había pasado. Un par de subidas más, y ale, ya sólo quedará bajar hasta La roca del Vallés y seguir por el Besós hasta Barcelona. Este planteamiento no ayudó mucho a seguir el ritmo de Guayas y Nico cuando el cansancio, el sol y la falta de comida comenzaron a hacer mella en mí. Al principio intenté mantener el tipo y no quedarme demasiado rezagado, pero escucharles hablar alegremente mientras yo pugnaba por cada mililitro de aire no acababa de arreglar la situación… cierto que amainaron el ritmo, se pusieron a mi altura e intentaron darme conversación y animarme, pero para entonces yo ya me había convertido en un amasijo de huesos pedaleante, que sólo veía figuras junto a mí que emitían sonidos grotescos e hirientes, con mi ingenuidad lacerada y humillada, y un único pensamiento en la cabeza: “¿Quién me mandó a mí meterme en esto?”

Contra todo pronóstico llegué a la cima del pequeño puerto de Òrrius que lleva a La Roca del Vallés, y después del descenso establecí abiertamente que no podía con mi alma, mientras pensaba secretamente en la estación de FGC más cercana… cuya idea nunca había pensado que fuera tan seductora. Pero de alguna manera Guayas y Nico consiguieron convencerme en que siguiera adelante, y dejaron que yo marcara el ritmo. Es entonces cuando yo creo que se obró un pequeño cambio en mí. A medida que iba recorriendo pesádamente los últimos kilómetros hasta Barcelona, se fue abriendo camino en mi mente una idea. Una idea que dicha así, en frío, suena casi masoquista, pero que es mi pequeño faro cuando el cuerpo empieza a chirriar. Al dolor hay que cogerle gustillo. Tan sencillo como eso. Si uno le coge cierto gustillo, si no afloja el ritmo cuando el dolor aparece insistente en los muslos, es entonces cuando la siguiente cuesta será más llevadera. Una idea que creo es acorde con la filosofía de este viaje, y que a mí desde luego me ha sacado de más de un repecho.

Llegamos a Barcelona hacia las 20.00 a buen ritmo y satisfechos del día. El pequeño cambio que había vivido me hizo pensar que el viaje por Francia me iba a cambiar por muchos lados y que, de alguna manera y sin tener claro cómo, me iba a venir bien. Lo que sí que saqué en claro es que de aquí en adelante seré menos ingenuo.

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Arribada just in time, Happy Hour!
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Googlesen instant street view
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I per fi, la mossegada més esperada de la jornada!
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