Casa nova del Pont

Los fines de semana, Nicolás y yo intentamos aprovecharlos para hacer kilómetros en la bici. Siempre con los simbólicos 100 en la mente, y siempre con la idea de arrancar el día bien temprano. Aquí os cuento, donde nos alojamos en uno de estos viajes donde salimos más tarde y donde hicimos menos kilómetros:

La llaman Casa nova del Pont, aunque yo la conozco por Ca la Nuria, y dirías que es un lugar con alma propia.

En la entrada hay una verja, y tras ella, dos perros. Como buenos guardianes, avisan de nuestra llegada desde lejos. Lo hacen de forma educada. No ladrando desesperados, sino como si quisieran simplemente decirle con total tranquilidad a los dueños que alguien había llegado.  

En un primer momento nos recibió ella, Nuria, prima del padre de Maria, que había venido con nosotros. Ellas se saludaron y abrazaron con muchísima alegría. En cierta forma, todo alrededor de los Cortès, tiene un aire extrañamente familiar, y como en tantas otras cosas, en la familia también. Alrededor de Maria, nada, nunca, es extraño, incómodo o diferente. Todo parece haber salido directamente de un entorno tan reconocible como las propias manos, y eso lejos de asustar, resulta maravilloso.

Tras los saludos iniciales, nos presentamos, y como dicta el protocolo, mientras los besantes se sonríen, se debe recitar el propio nombre, con la esperanza de que el nuevo conocido, lo recuerde. En mi caso particular, esto nunca acaba aquí, ya que por la naturaleza del mío, es inevitable que la gente se quede, en el mejor de los casos, simplemente muy extrañada.

Así que mientras todo acontece, voy pensando si no será mejor simplificarlo todo. Hacerme el despistado, y olvidar mencionar cómo me llamo. Es un truco que funciona en la mayoría de las ocasiones, si no se fijaba, o no le daba importancia a ese detalle sería una situación resuelta. Pero eso está reservado para ocasiones y personas muy diferentes, así que solté prenda, y las palabra mágicas con ella:

 –Yo Guayasén, encantado! (Muy despacio y vocalizando tanto como me es posible)

2 días después, al despedirnos, puedo decir que ya casi casi lo tienen aprendido. (Ahora espero, que al verlo por escrito, les resulte más sencillo y no lo olviden)

Pasamos a la casa y conocimos a Juki (sí, en aquel momento también él tenía un nombre que no había oído nunca). No estoy seguro sobre cuantas veces me pregunté durante aquellos dos días cómo se escribiría exactamente, o de donde vendría el nombre… algo se intuía, pero aún no estaba claro. Las combinaciones y posibles orígenes eran muy grandes.

En la cocina, la chimenea estaba encendida, y aunque no hacía mucho frío fuera, estar junto al “hogar de fuego” (como de una preciosa manera lo llaman en Catalunya) era muy agradable. Tanto, como para acercar una silla y quedarme allí un buen rato recuperando el color (y el calor). Los armarios rebosaban especias, mermeladas, y productos de lo más deliciosos.

Hablando con nuestra anfitriona, nos sugirió un lugar adecuado donde acampar, en lo más alto de sus terrenos, donde la hierba estaba más seca, y que además contaba con unas vistas preciosas del valle, las montañas, y muy abierto al cielo para que pudiésemos disfrutar de las estrellas. 

Una de las primeras cosas que quisiéramos agradecer a Nuria, es la de no tratarnos como a locos, ni asombrarse porque quisiéramos acampar, teniendo disponibles habitaciones y camas donde dormir. Casi llegamos a pensar que se trataba de una idea normal.

Ca la Nuria es un lugar que dirías que tiene alma propia.

Y sin embargo no la tiene.

Se trata de un lugar yermo, donde casi no crecería ni siquiera la mala hierba. Cada centímetro de dura tierra está cubierto de piedras que impiden a los cultivos extender sus raíces. Hay animales salvajes que habitan la zona y se comen lo poco que se atreve a nacer. Además, en la zona suele helar en invierno e incendiarse en verano, por no hablar de las granizadas y otras maravillas del clima.

La masía, es como un cadáver de ladrillo que reza por no sucumbir ante el viento y las inclemencias del tiempo que asolan esta zona, aguantándose a duras penas sobre sus cimientos, por sólo D’s sabe qué milagro. No hay rastro de alegría ni de vida en la tierra ni en los muros de esas casa.

No la tiene, pero Ca la Nuria es un lugar que dirías que tiene alma propia.

Y es que es fácil atribuirle al terreno y a la casa propiedades mágicas, cuando en realidad, cada gota de espíritu que se ve en ellos ha sido sembrada con sudor y pasión por sus dueños, que han transformado un desierto:

  • Nuria es agua. Es pequeñita, menudita, pero cada poro de su piel exuda una inagotable energía. Tiene unos brazos fortísimos, me atrevería a decir que de escaladora, y una sonrisa perenne que se le sale de la cara y llena de alegría todo cuanto le rodea. Es todo chispa burbujeante y corazón.
  • Juqui (ahora ya puedo decir que, viene de Joaquim), es un hombre montaña. Alto, fuerte, sereno, trabajador, paciente, sensato y muy directo con sus palabras y sus gestos.

Comenzaron el proyecto de esta Masía, hace no demasiados años, y juntos han convertido un terreno que estaba a punto de ver el ocaso de su existencia, en un maravilloso vergel donde las verduras y las frutas crecen de manera respetuosa con el medio ambiente. Cultivan de manera inteligente, e incorporan técnicas, herramientas, y variedades nuevas cada poco tiempo, enriqueciéndose de las ideas y experiencias de las múltiples personas que pasan por la granja. La casa está arreglada y cada día que pasa más! El terreno está vallado y por donde mires hay vida.

Inicialmente, Ca La Nuria fue ideado como una especie de refugio temporal para personas cuyas vidas hubiesen sido tratadas con dureza. Un lugar donde reconfortar el alma y el corazón mientras reordenaban pensamientos o gestaban una nueva etapa vital. Sin embargo por problemas burocráticos y también presientiendo las enormes dificultades (incluidas las espirituales) que eso presentaría, poco a poco Ca La Nuria fue apareciendo como granja, punto de encuentro, y estupenda casa familiar donde acabar de criar a unos más que crecidos hijos.

Cada año, además, acoge a una docena de woofers (comunidad de voluntarios en granjas ecológicas) que viven y trabajan durante al menos un par de semanas con ellos. Y ocasionalmente reciben visitas de amigos de amigos, conocidos, familiares lejanos, etc… y así acabamos nosotros tres, durmiendo en sus tierras, tomando té en su cocina y disfrutando de unos días donde reconfortamos el alma y el corazón, mientras reordenabamos pensamientos y gestábamos una nueva etapa vital.

Y es que donde uno menos se los espera, hay personas con el cuerpo y la mente atormentados caminando por lugares separados, corazones hablando en silencio a gritos, sonrisas solitarias y heridas mal curadas.

Así que os damos la gracias por dejarnos pasar y curarnos un poquito más.

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One thought on “Casa nova del Pont

  1. En despertar la postal que em trobo fora de la tenda és tremendament bonica. Fins a l’horitzó estem rodejats de verds puigs que s’anteposen uns a uns altres en diferents plànols que mosseguen un cel blau pàl·lid del qual la lluna encara es resisteix per marxar (això, com si no volgués deixar-li el seu domini a un parell de globus d’aire calent que, com ingràvids gegants d’un altre món, ara reclamen protagonisme).

    Donen les 8:24 h i fa ja una estona que contemplo l’escena des d’una cantonada de la nostra esplanada. Aquest cop ens aixequem als camps d’Oix, a la Garrotxa (a prop d’Olot). És la nostra segona sortida d’acampada i aquest pla espontani va néixer ahir, tard a la nit, al sabor d’un marroquí perdut per El Raval.

    El sol ja s’ha aixecat però encara no toca la tenda. M’escalfa el cos i acarona l’herba. Ocells, galls i romaní posen música i perfum a l’imatge.

    Des de l’alt del nostre indret dominem la vall. Directament als nostres peus, la terra cultivada per la Núria i el Juqui, a l’altra banda de la tanca, un càmping i una mica més enllà, una carretera secundària que ens recorda que no estem sols i que tenim una tasca per fer. Donen ganes d’estar tot el dia per aquí. Contemplant. De passeig. Fer turisme i passar-nos-ho bé tots tres plegats. Però al mateix temps tampoc no vull pensar que hem pujat les bicis tan sols a passejar en cotxe. No ens ho podem permetre i a més, al final, sempre que les muntem acabem contents.

    Avui els trets van per fer: Besalú > Banyoles > Figueres > Olot o alguna volta semblant. Uns 100 km de recorregut (i a veure si ens va millor que les cartes que em van tirar ahir a la tenda).

    Vull escriure més però no puc, tinc el cap desendreçat. Ahir després del sopar vam fer sobretaula de manta, contes i històries fora de la tenda. La lluna encara més plena que buida il·luminava la nit amb força i restava protagonisme a les estrelles. No va passar cap satèl·lit però sí un parell d’estels fugaces.

    Estem a ca la Núria, la cosina de Maria. Més i més gent al camí que s’afegeix a la nostra llista d’agraïments.

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